28/4/07

A las cinco, en La Plata

El figón se llama “La Plata”. Su puerta se abre tras una cortina de canutillo, entre la vieja cordelería y el cuchitril del remendón.

A media tarde, cuando, después de comer, los escasos parroquianos se van, Pitanza, el dueño, sestea en la penumbra fresca, con la cabeza recostada entre los brazos y su corpachón seboso desbordando una vieja silla de enea, al sur de la barra. Sus ronquidos dominan sobre el monótono batir de las aspas del ventilador y el zumbido persistente de una mosca, engolosinada con los restos pringosos al borde de un vaso.

Fuera todo está quieto. La calle parece un horno, bajo un sol inmisericorde que arranca sudor a los adoquines. Las lagartijas boquean, huyendo a buscar refugio. Al otro lado de la puerta de la cocina, cerrada para no molestar el sueño del amo, Soledad, su mujer, recoge y pasa la fregona por el suelo de baldosa roja, canturreando bajito. Un quejío ronco que vibra en su garganta. En la cocina bulle una cazuela con caracoles. El sudor resbala en regueros, adentrándose entre sus pechos y pegándo la blusa a su piel morena.

Al terminar seca las manos en un paño de cocina y entreabre una rendija de la puerta; comprobando que su marido duerme para volver a cerrar, echando el pestillo. Del interior de un tarro de especias saca un puñado de hebras de tabaco y un librillo de papel de fumar.

Con un suspiro quedo, de fatiga, se sienta a la mesa. Sus dedos hábiles reparten la hebra a lo largo del papel, con atención. Soledad sólo tiene dos vicios que oculta a Pitanza; uno es liar un cigarrillo cuando recoge la cocina; otro, la sombra que cruza en ese preciso momento la puerta trasera: Rafael, el patrón del “Tormenta”.

Al paso del hombre se cuela un haz luminoso, guillotinando la penumbra, convirtiendo las baldosas húmedas en un charco sangriento, hasta que, con un sigiloso chasquido, Rafael cierra la puerta a sus espaldas y las sombras renacen.

¿Duerme? – pregunta.

Ella demora un instante la respuesta, mientras el vértice de su lengua asoma, como un fresón en sus labios entreabiertos, humedeciendo el borde del papel. Termina de liar el cigarrillo, con parsimonia, antes de responder:

Su siesta es sagrada.

Un tono despectivo se deja sentir en su voz.

¿El sueño de los justos? –masculla él. Y la mujer sonríe, levemente irónica.

Más bien el sueño de los mansos, Rafael.

Él se acerca, hasta quedar frente a ella, sus largas piernas rozando las entreabiertas rodillas.

Mujer, eres un demonio
–murmura y, mientras lo hace, su mirada resbala por la piel húmeda, el precipicio al borde de su escote, los pechos redondos y erguidos, el talle esbelto, la cintura estrecha y los pliegues suaves de una falda que envuelve las caderas amplias y dibuja laderas floreadas sobre unos muslos largos y firmes.

Ella levanta la mirada y ríe bajito, ronca, pero abiertamente, mientras alza los brazos y se desprende de las peinetas, dejando caer su pelo negro como una cortina.

Te vas a condenar al fuego del infierno.

De cabeza al infierno, sí señora –dice, mientras se arrodilla ante la dársena abierta frente a sus ojos.

Sus manos, ásperas de mar, rodean los tobillos y ascienden piel arriba, acariciando las pantorrillas suaves, entreteniéndose en el hueco bajo las corvas. Milímetro a milímetro los pulgares arrastran la falda, hasta dejar al descubierto los muslos... y más. Las manos de Soledad atraen despacio la cabeza del hombre hacia su sexo. Un olor limpio, ligeramente acre, a hembra, le inunda la nariz cuando entierra el rostro en el hueco de sus ingles, cubiertas de blanco algodón. Arrastra despacio los labios, rozando la superficie acolchada por un nido de vello rizado. Los muslos se tensan levemente cuando las manos de Rafael se aferran a las nalgas, empujándolas hacia su boca. Un gemido sordo brota de la garganta de Soledad, que se desliza al borde de la silla. La lengua del hombre persigue el elástico de algodón, insinuándose entre el vello, humedeciéndolo con suaves toques hasta que, en un gesto brusco, desgarra la tela, precipitándose en busca de la vulva escondida bajo aquel bosque oscuro. Los muslos tiemblan, abiertos de par en par ante la invasión de aquella lengua voraz, que recorre los rincones y se hunde profundamente, como un falo minúsculo y ágil, intentando alcanzar el fondo.

Rafael...

Ella gime, quedo, y él la tiende en el suelo para después cernirse, encajado su cuerpo entre aquellas tenazas morenas, resiguiendo su costado con las manos y arrastrando hacia arriba los brazos femeninos, firmemente sujetos por las muñecas, contra el terrazo rojo. El movimiento alza los pechos, los pezones apuntando al cielo, bravíos, ofreciéndose como dátiles oscuros antes su boca.

Soledad...

En un instante, todo se vuelve un torbellino de brazos y piernas enredados, de bocas que muerden, devoran la carne tibia, viva; dedos como tentáculos que buscan, indagan, hurgan bajo la ropa. La palma de una mano se desliza sobre un vientre y se hunde, a la captura de un sexo húmedo, caliente. Los dedos de Soledad envuelven acariciantes la verga, deslizándose como anillos desde el glande hinchado y brillante hasta la base. Un vaivén lento, sugerente. Luego, la boca sustituye a los dedos, lamiendo, envolviendo la carne en una vulva armada de marfil y una lengua de fuego.

En ese instante, tintinean fuera los canutillos de la cortina. El ronquido se detiene cuando la voz de Romerito, el cordelero, despierta al patrón, mientras en la cocina pone en pie, sobresaltados, a los amantes:

Ponme un vinito, Pitanza, qu’estoy seco de la estopa.

La silla de enea cruje cuando Pitanza se levanta para atender.

¿Qué horas son éstas, Romerito, mamón...? ¿no tiés ná más q’haser que joderme la siesta?

Mientras no te joda la mujer, tú tranquilo...

¿Soledá...? Quisieras tú echarle mano a mi jaca, bribón... pero no te caerá esa breva. Soledá lleva la rienda corta y yo tengo la vara larga. Bien sabe esa lo que le conviene.

Zanahoria y palo, como a todas... y montarlas a menudo, que conozcan bien al amo. A tó esto... ¿dónde anda la moza?


En lo suyo, metida en la cocina, como corresponde... y que no la vea yo salir. Lo mismo anda echando una cabezada. Siempre se encierra un rato. ¿quiés algo?

Ná... saber como coño se las ha ingeniao un capón como tú p’hacerse con una hembra como esa.

Se la cambié al desgracíao de su padre por el pagaré de unos duros que me debía. Y como vuelvas a llamarme capón te pone el vino tu puta madre... –gruñe, irritado, Pitanza- ¿algo más?

Ná, hombre, ná... era una broma. Ea, el vino, ná más.

En la cocina, los amantes dejan escapar un suspiro de alivio. Rafael se abraza a la espalda de Soledad, besa su cuello, amasa sus pechos, levanta sus faldas hasta descubrir las nalgas prietas y redondas, deslizándo sus dedos sobre la vulva, empapada.

Ábrete, Soledad –masculla en sus oídos- dámelo ahora. Ahora, con el cabrón joputa ese ahí fuera, bien despierto.

Inclinada sobre la mesa de la cocina, con una mirada de odio fija en la puerta, Soledad separa las piernas y se ofrece, húmeda, a la verga enhiesta que se introduce, poco a poco, dentro de su cuerpo, abriéndose paso hacia sus entrañas. Despacio al principio, más deprisa después, galopan ferozmente, mordiéndose la lengua para no gritar hasta que, en un último y feroz embate, cruzan la frontera y un estallido seminal los llena, dejándolos temblorosos y exhaustos.

Fuera, dos hombres hablan de toros, de fútbol, de dinero, de hembras... Dentro de la cocina, un reguero de besos se desparrama piel a piel, mientras Rafael abraza a Soledad contra su pecho.

Cada vez que pienso que te metes en su cama cada noche, que te toca... lo mato, un día mató a ese cabrón.

Hunde el rostro contra el hombre, que huele a sudor.

Pues no lo pienses más. Pitanza es un manso, Rafael... un cabestro impotente.


Me importa un carajo que sea impotente, Soledad. Mañana por la noche, cuando la taberna esté llena y él esté a lo suyo, te vendré a buscar. No cojas nada, tiempo habrá para que lo tengas todo. Mi “Tormenta” nos llevará bien lejos. Esto se acaba aquí.

Ella sonríe, ésta vez con una sonrisa serena, casi alegre.

Así sea, Rafael... pero ahora, vete.

Un último beso. El portón trasero de la cocina se abre a una calleja desierta y ciega, que arde al sol, y la luz baña de nuevo las baldosas. Un hombre cruza sobre el rojo sangrante del suelo.

Mientras, al otro lado, vuelve a sonar el tintineo de la cortina, y la voz del tabernero aúlla:

¡Soledá...! ¡espabíla y saca las raciones, que ya está bien de tanto dormir!. ¡A ver si mueves el culo y te ganas las habichuelas que te comes!

Y Soledad, al otro lado, tira sus bragas rotas y el cigarrillo sin fumar al fondo del bidón de la basura, se sacude la ropa y prende de nuevo su pelo con las peinetas. Toma una cazuela con caracoles y abre el pestillo:

En un minuto pongo las banderillas. Ahí tienes los caracoles, Pitanza... y ojito, que van calientes.



Martes, 28 de Septiembre 2004

Desireé

Desireé duerme con el rostro hundido en la almohada. Su cabeza es una maraña de rizos oscuros, alborotados, que se extienden descolgándose hacia el borde de la cama como los zarcillos de una enredadera.

La brisa mueve las cortinas azules. Se sacuden como las alas de un pájaro gigantesco, dispuesto a emprender el vuelo hacia el horizonte, más allá de los acantilados que cierran la rada. Me gustaría que fueran mis alas, alejarme de aquí, dejarme arrastrar por las corrientes de aire. Pero son sólo cortinas, sin más. No pueden llevarme a ningún lugar.

Desireé duerme. Ahíta tras el festín de los sentidos, ha caído en un profundo sueño. Su respiración acompasada es apenas audible. Si cerrase los ojos, su presencia podría pasarme desapercibida.

Una mosca azul zumba por el cuarto. Entró por el balcón; curiosea las lámparas, los marcos de las fotografías, la hilera de frascos de cristal formando frente al espejo del tocador. Me gustaría ser como ella, explorar territorios desconocidos. Pero ¡son tan efímeras las moscas!.

Desireé duerme desnuda. Su cuerpo tostado de sol se ovilla entre las sábanas revueltas. Como una niña, duerme boca abajo, con su pierna izquierda levemente flexionada y la derecha atravesada en diagonal sobre el lecho. Pero no es una niña. Es la mujer-araña.

En el jarrón sobre la cómoda hay un ramo azul de hortensias. Cianóticas de beber agua envenenada. Me pregunto si mi piel también viraría al azul, bebiendo el agua que beben las hortensias. ¿Que diría Desireé si al despertar me viese azul? Probablemente diría que tengo un gusto pésimo para elegir mi piel, o que es poco adecuada para la ocasión.

Desireé duerme, sin preocuparse de nada. Relajada y tranquila. Es feliz, a su manera egoísta, sin atender a las alas de los pájaros, ni a las moscas, ni a las hortensias. Tampoco a mí. La única preocupación de Desireé es... Desireé.

Palpita una vena azul, como un río, recorriendo la geografía de mi brazo izquierdo. El brazo que reposa junto a Desireé, rozándola sin estorbar su descanso. Su sueño inviolable. Esa vena azul es el cordón que me ata a sus tobillos, perfectos, delgados, torneados. Podría cortarla, y entonces escaparía de aquí, como un globo de helio escapando de la garra de un niño.

Desireé duerme mientras yo la contemplo, tratando de averiguar si alguna vez formo parte de sus sueños o simplemente me ignora, igual que hace cuando está despierta. No soy sino otro elemento en la decoración del cuarto.

El cigarrillo de mi mano diestra dibuja volutas de humo azul. Se retuercen sobre sí mismas -exactamente como yo-, para luego elevarse -justamente todo lo contrario que yo-. Me gustaría flotar en espirales ascendentes, incorpóreas, en lugar de quedarme aquí, en silencio, en la prisión de mi cuerpo, tendido junto al suyo.

Desireé duerme en paz. Yo, mientras, voy muriendo poco a poco.



Lunes, 27 de Septiembre 2004

En ausencia de Ulises

EN AUSENCIA DE ULISES

El hilo de seda que ata palabras en ramilletes sigue revoloteando por la habitación que me cobija, presto a hilvanar puntadas nuevas sobre el blanco del papel; a anudar tapices de dibujos enrevesados, sueños cálidos para noches frías...

Esta noche parece fría hasta la luz de las farolas. En la oscuridad del cuarto puedo dejar que mi imaginación me lleve hasta ti, donde quiera que hoy duermas; para colarme, furtiva, debajo de tus sábanas a tocar tu piel con mi aliento. Provocar, excitar, tentar, devorar, paladear, envolverme en ti y recuperar todos los verbos que abarcan un instante de éxtasis... hasta que los cristales de la ventana exhalen nuestro vaho al exterior.

Este cuerpo mío, rebelde, ignora las órdenes de una mente sabia que le insta a olvidar el tacto de otro cuerpo que lo habitó brevemente, y se le alborota la sangre, de vez en cuando, con la añoranza. Suplica a la memoria que le deje visitar el desván de los sueños; allí donde viven las bocas que se besaron, los cuerpos que bailaron una danza erótica, los aromas y los placeres; para volver a sentir como el calor lo recorre, de la garganta al sexo, que se dilata y humedece para recibir el recio empuje de otro sexo que dice la razón sinrazón que jamás lo poseyó. Y las caderas vuelven a mecerse en un galope frenético. Y el gemido surge otra vez desde lo más profundo, hambriento de un cuerpo en el que vaciarse.

Dice la memoria, ruin, que no ha sucedido. Y yo me pregunto, cuando el amanecer golpea gris contra los cristales de la ventana, si alguna vez existirás, Ulises, y bastará una llamada para que el sueño deje de ser sueño y te conviertas en un cuerpo real, en cualquier habitación, en cualquier tarde-noche, de cualquier espacio o ciudad.


Domingo, 26 de Septiembre 2004

Colgada de ti

Ha sido rápido. Un fogonazo a ras de suelo ha distraído mi atención justo cuando entraba en la curva de la carretera. Ese instante ha significado el fin, Amelia: mi fin. Tu pendiente ha rodado fuera de su escondite, bajo el asiento del copiloto, para ponerle punto final a nuestra historia, igual que escribió el principio, aquella primera noche.

Tú estabas ebria. Yo no. A mí me emborrachó ese olor a mar, tan tuyo. Tu olor y el brillo de aquel faro destellando en tu lóbulo perfecto dieron al traste con mi sensatez y mis buenos propósitos. Cuando mi boca se cerró sobre aquel anzuelo brillante, atrapando tu carne, ya no pude soltarme. Recuerdo que temblabas, mientras mi mano se afanaba, voraz, entre tus muslos jóvenes, en busca de otro lóbulo más íntimo, más húmedo, coronado por otra perla brillante. Sé que, ya entonces, presentí que aquello sería mi ruina, y lo susurré a tu oído, entre besos:

Amelia, amor, me muero por tus lóbulos... serán mi perdición.

¿Y tú?. Tú te reías -o llorabas, tal vez- mientras tus manos se colaban curiosas bajo mi ropa, exploradoras, tiernas.

No subimos a casa hasta mucho más tarde. Ya no recuerdo cuantas veces te recorrieron mis dedos y mi boca aquella larga noche, casi infinita, y todas las noches que siguieron después. Algunos llegaron a intuir que compartíamos mucho más que apartamento y libros. Sobre todo aquel muchacho, necio, que siempre rondaba husmeando tu carne aromática, y al que yo nunca he podido soportar. ¡Quien sabe!... tal vez ahora consiga su propósito.

Pero yo no, Amelia, yo no. A mí ya no me queda tiempo para propósitos. Me ha matado un destello de ese pendiente tuyo, del que viví pendiente, enamorada y loca. Diles que es tuyo, Amelia, díselo. Recupera la perla, no se equivoquen y la entierren abrochada a mi lóbulo.



Domingo, 26 de Septiembre 2004

Andenes

Su existencia se había convertido en un círculo de tiempo en blanco, apenas habitado por fugacidades; pequeños espacios de vida que se desvanecían, encasillados entre las líneas rectas de los andenes. Líneas paralelas que separaban el espacio entre cabinas, entre casas, entre pueblos, como las señales del minutero en un reloj. Y ella allí, siempre en marcha hacia ninguna parte. En un vaivén infinito entre andenes.

Andenes de aeropuerto, de ferrocaril, de suburbano, de estaciones de autobuses. Siempre con el equipaje a cuestas, de un maletero a otro, de un carro a otro, de un andén a otro...

Aquella tarde descendió las escaleras mecánicas, en busca del andén subterráneo. Cuando alcanzó las marcas amarillas que bordeaban el cemento, se quedó observando la oscuridad del túnel, y las brillantes líneas de acero que se internaban en él. Se preguntó cuantos andenes invisibles existirían en aquel espacio ignorado. Con un destello de curiosidad por lo que pudiera haber al otro lado, decidió bajar a investigar.

El conductor no tuvo tiempo de frenar el convoy.

La vida no es un camino, es un andén donde esperamos, entretenidos en juegos de azar, a que arranque, por fin, un coche fúnebre.


Domingo, 9 de Agosto 2004

Espejismos

Despierto sobresaltada. Agobiada. Me ahogo. Toso, y borbotones grumosos salen disparados, pestilentes y agrios. Una mezcla espesa me resbala por la mejilla y se acumula en la oreja. La rebosa y se desliza caliente hasta la nuca. ¡Estoy vomitando!

Abro los ojos, alarmada. Me incorporo y dejo que los restos del estómago se vacíen entre mis piernas. Los espasmos me taladran el cerebro.

Temblorosa, camino hacia el baño pisando el mármol frío con los dedos encogidos. Estoy desnuda y helada, pero necesito librarme del olor inmediatamente. Me lavo la cara y bebo el agua del grifo entre los dedos. Sueno con fuerza la nariz en la toalla, y unos coágulos morados resaltan sobre el fondo blanco y perfumado. La arrojo al suelo. El espejo me devuelve todo el desamparo del mundo. Me quiero morir.

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Es imposible dormir con ese ronquido en la nuca. En la enésima vuelta las sábanas, empapadas de sudor agrio, se pegan a mi piel. La mole a mi espalda ni se inmuta al recibir dos patadas, mal disimuladas en la excusa de un sueño agitado.

Desesperada, abandono la cama, chancleteando hasta la cocina. Ni siquiera aquí estoy a salvo. Sobre la puerta de la nevera mi última foto, sacada a traición en un probador, durante mi incursión en unos grandes almacenes, comparte espacio con la contundente y espléndida Catherine Zeta Jones. A la mierda las dos. Abro de un tirón la puerta y la luz se desparrama sobre el linóleo. Mientras la emprendo con los restos del asado pienso que, si tuviera valor, pegaría fuego a todo. Estoy harta de este lugar, de esta vida de saldo, de hacer malabarismos para llegar a fin de mes. Harta del mastodonte que ronca como un otario. ¿Admitirá un juez veinticinco años sin dormir en paz como causa de divorcio? ¡Qué tentación de taparle la boca con la almohada hasta callar ese maldito ruido!.

Doy vueltas a la idea mientras contemplo, contra el cristal de la ventana, el reflejo de una cincuentona gorda devorando a dentelladas un grasiento muslo de pavo. De buena gana la mataría.


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La voz adormilada de mi mujer me arranca del sueño. Desde la cuna llega un gañido impaciente, como el maullido de un gato. Me levanto, gruñendo de frío. Nuestro hijo patalea, envuelto en su pijama y enredado en un batiburrillo de sábanas. Le tomo en brazos y olisqueo. Necesita un cambio de pañales, pero está impaciente por mamar, así que lo deposito contra el pecho de su madre y el pequeño glotón se aferra inmediatamente al pezón. No me extraña. Tampoco yo consigo alejarme de esas lunas gemelas.

Mientras preparo el baño y lo necesario para cambiarle mi imagen en el espejo me observa bostezar: "Quién te ha visto y quién te ve!¡El fresco del barrio cambiando pañales!".

Pero me importa un carajo lo que diga el espejo. Mi hijo es mi vida.


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Quiero creer que es real. He perdido la cuenta del tiempo que llevo enredada en estos brazos, pegada a su piel. Puedo sentir el vello rizado de su pecho cosquillear en mi mejilla, y el latido pausado. Sus manos se deslizan sobre la curva de mi espalda, en viajes de ida y vuelta, resbalando entre mis nalgas e insinuándose provocativas por el vello empapado de mi sexo y subiendo de nuevo hasta la curva de mi pecho, demorándose en los pezones. Aun sin haber recobrado totalmente el aliento siento una cuerda tensarse en mi interior, un estremecimiento de anticipación. Hace unas horas no lo hubiera creído, pero ahora debo rendirme a la evidencia: está pidiendo más. Pausadamente, deslizo la lengua sobre la piel de su costado, trazando un camino salino hacia sus ingles. Sus manos atrapan mi cabello, extendido como una red sobre su vientre. Rodeo, morosa, la enhiesta verga, empujándola con mi rostro para, en un movimiento envolvente, abarcarla en su totalidad. Absorta en las sensaciones que despierta en mi boca, no puedo contener la protesta al sentir que se aparta bruscamente, mientras sus manos aferran mis caderas y me levantan sobre el falo erguido para hacerme bajar de nuevo en un movimiento firme y profundo, montándole a horcajadas. Cabalgo, despacio al principio, acelerando el ritmo más y más. El vaivén transmite un golpeteo rítimico al cabecero de la cama, que choca en la parred. De soslayo, contra la puerta-espejo del armario, veo mi silueta desbocada y aullante. Una mujer en pleno estallido y, así, una vez más, la quinta en esta noche sin descanso, me dejo ir al tiempo que le arrastro conmigo.

Podría morir así.


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Dos minúsculos icebergs navegan un mar ámbar, encerrados en la restringida deriva de las paredes de vidrio. Hace cuatro días que ella se fue y parecen una vida. Eché la llave y los cerrojos. Largué a la mujer de la limpieza y sólo abro la puerta al repartidor del chino que, como no habla mi idioma, se limita a entregar el pedido, cobrar y largarse. Los envases de chop-suey y rollitos primavera esparcen sus restos resecos sobre el entarimado, haciendo compañía a dos botellas de bourbon vacías y varias cajetillas de Rothman's. La pantalla del ordenador despide una luz azul sobre la habitación. En el centro, un sobre por abrir me advierte que he recibido correo nuevo en mi buzón, y en el margen inferior un aviso me indica que "nocturna_sin_chopin" acaba de iniciar la sesión. Criaturas intangibles, lejanas, inexistentes. La realidad es una habitación vacía. Soledad y silencio.

Pero no. La noche no es silenciosa. En la calle resopla el camión de la basura y los operarios zarandean estrepitosamente los contenedores. Desde un piso llega el llanto de un crío que se apaga entre hipidos, seguramente en brazos de su madre. Más allá alguien abre un grifo y provoca que las viejas tuberías tamborileen con brusquedad entre las paredes de hormigon, disimulando apenas el concierto de ronquidos que traspasa los muros. En una de las cocinas, sobre el patio de luces, se oye un estallido de vidrios rotos, que no interrumpe el rítmico tam-tam de una cama golpeando al otro lado de mi pared, con acompañamiento de jadeos y aullidos varios, a juzgar por los cuales mi vecino, que saltó ya la tapia de los cincuenta, parece mantener la forma física suficiente para marcarse un pleno tras otro, el muy cabrito.

En cambio yo, desde que ella se fue, lo único que hago es brindar con ese imbécil sin afeitar que me observa desde el espejo, preguntándome que demonios fue lo que hice mal. Deseando morirme, o matarla, o las dos cosas a un tiempo.


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- Paula ¿todavía sigues ahí? ¿sabes que hora es?

- Sí. Es tardísimo... pero cada vez que intento pasar de los primeros párrafos me meto en una habitación diferente.

- Déjalo estar. No vale la pena que te empecines. Mañana será otro día y lo verás de manera diferente.

- Ya. Creo que en realidad preferiría verlo de una sola. Hay demasiadas vidas metidas en este maldito espejo...


-FIN-


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(Nota: El primer fragmento de este relato NO es mío, me lo regalaron, para que empezase la historia).


Sábado, 31 de julio 2004

Abril en Rojo

I - LAS CARTAS

Desde donde mi memoria alcanza a recordar nuestra vida pivotaba sobre las bisagras del pequeño buzón, anidado entre otros veintitrés idénticos, en la pared de la derecha del vestíbulo, junto a la garita del portero. Tres generaciones de mujeres sometidas por voluntad propia a la rutina de abrir la portezuela verde y escudriñar el interior, siempre anhelantes de hallar el aroma peculiar de las cartas de Jose Ramón.

Obviábamos cuanto no fuesen aquellos sobres abultados y cubiertos de sellos exóticos, manchados de grasa y abrazados de cordel. Para la abuela, como para mi madre, Jose Ramón era lo único que les quedaba de Álvaro, mi padrastro. Para mí, fue durante muchos años, solamente un paquete postal con olor de aventura.

Yo era un bebé cuando mi madre y Álvaro, veinte años mayor que ella, se casaron, y no había cumplido los cuatro cuando mi padrastro, hundido por alguna miseria íntima o pública de la que nadie consideró oportuno dar razones a una niña tan pequeña, se descerrajó un tiro en el cielo de la boca. Muy afectada por semejante desgracia, su madre, la abuela Helena, se vino a vivir con nosotras, pero su nieto Jose Ramón, mi hermanastro, hijo de un matrimonio anterior de Álvaro y que por entonces debía tener unos veintitrés años, se embarcó en un carguero rumbo a Guinea y desapareció. A partir de entonces, todo cuanto supimos de él se limitó a una colección de cuentos de aventuras e historias plagadas de fantasías acerca de las maravillas de aquella tierra extraña y tan ajena, que nos transmitían sus cartas.

Los días en que llegaban eran especiales. El ritual comenzaba con nosotras tres sentadas alrededor de la mesa camilla: la abuela se acomodaba en su sillón de enea, de respaldo alto, como una reina madre, mientras yo iba a buscar el viejo Atlas, donde seguía con la mirada las huellas de su nieto sobre el mapa africano, un inexacto mosaico de cuadritos de colores; mientras mi madre esperaba a que todo estuviese dispuesto, como una peculiar sacerdotisa, antes de comenzar a deshacer los pequeños nudos con parsimonia y meticulosidad y despegar la solapa del sobrescrito, vaciando con cuidado su dispar y variopinto contenido sobre la mesa. Eran unas cartas atípicas, escritas sobre cualquier trozo de papel: etiquetas, servilletas, retales de papel de embalar o envoltorios de cigarrillos cuidadosamente desplegados y, en muchas ocasiones, sobre todo para los cumpleaños de la abuela o de mamá, incluían ejemplares desecados de plantas exóticas, pequeños trozos de cueros de animales o incluso pequeñas piedras de colores. Enviaba trozos de África, y nosotras los armábamos, como un rompecabezas, para reconstruir al hombre ausente.

Una carta tras otra, los años transcurrieron y nuestras vidas se instalaron en una placidez gris, solo quebrada cuando la caligrafía estilizada y personal del hombre ausente atravesaba la puerta del buzón. Así, llegó mi decimoctavo cumpleaños, y la última carta de mi hermanastro, que incluía, paradójicamente, un regalo para mí. El primero que me hacía: un collar de cuero trenzado, con cuentas de cristal y plumas de un intenso e iridiscente azul.

Abril de 1994 se despedía en el fuego de un atardecer rojo y, aunque yo todavía lo ignoraba, mi infancia y mi adolescencia lo hacían también.


II - LLUVIA ROJA

La vieja guerra se había recrudecido en los últimos tiempos. En la casa de Nyamata, Jose Ramón -míster Joseph para la gente del lugar- preparaba su mochila para emprender viaje hasta Kigali, la capital, a escasos treinta kilómetros. Había dejado muchas cosas pendientes, siempre esperando un día oportuno, pero ya no podía esperar más. En África el tiempo no se movía de la misma manera que en Europa, y él se había vuelto perezoso. Ahora, por alguna extraña razón sentía que, si no se apresuraba, sería demasiado tarde.

El día anterior había enviado un sobre con destino a Madrid. Esperaba que quince días fuesen suficientes para que Martina recibiese su regalo de cumpleaños a tiempo. A juzgar por las fotos que le había enviado Eva, se había convertido en una guapa muchacha, aunque parecía demasiado seria para su edad. Contempló el rostro despejado, inteligente... excesivamente parecido al suyo como para no sentir el aguijonazo del pasado rondándole de nuevo. Sí, a excepción de los brillantes ojos verdes, heredados de su madre, Martina era su vivo retrato.

Sacudió la cabeza y regresó al presente. Había otras cosas en las que pensar, entre ellas el aumento de la ferocidad de algunos hutus. La gente tenía miedo y cada vez era más arriesgado emprender viaje a causa de la amenaza constante de los interahamwe, que se volvían más y más atrevidos por horas.

Terminó de empacar y se puso en camino. Pero antes de llegar a la carretera, le alcanzó el pequeño Baltazhar M'rungaya.

- ¡Corra Míster Joseph! ¡Llegan los interahamwe! ¡Escóndase!

- ¿Que dices Baltazhar! ¿Donde está tu madre? ¿y tus hermanos?

- Están todos en la iglesia. Yo voy a buscar al abuelo y llevarlo con ellos.

- ¡Nada de eso! ¡Corre ahora mismo a la iglesia con tu familia, yo me ocuparé de llevar a tu abuelo hasta allí!

Obediente, el muchacho dió media vuelta, mientras Jose Ramón cargaba su mochila y se ponía en marcha hacia la casa de los M'rungaya. Pero a mitad de camino encontró una turba de hutus armados de mazas, machetes y lanzas, que avanzaban destrozando a todos aquellos que les hacían frente, y acorralando a los que pretendían huir. Una vez y otra los machetes se abatían sobre los cuerpos de hombres, mujeres y niños, sin piedad. Un río de sangre recorría las calles, empapando todo en un barro viscoso y rojo. Le sobresaltó una mano sobre su hombro.

- ¡Míster, no se quede ahí, venga adentro!

Contempló la piel oscura de la mujer que tiraba de él. Era Thérèse, una de las hijas mayores de su vecino, casada con un hutu. Al ver que no caminaba, la mujer le instó a apresurarse.

- ¡Vamos, míster! ¡No vendrán a mi casa, solo buscan a los tutsis!. ¡Ethienne le esconderá en nuestro granero!

- Gracias Thérèse, pero tengo que ir a buscar al abuelo M'rungaya, se lo prometí a Balthazar.

- No diga tonterías, míster. El abuelo M'rungaya ya no existe... vi a los interahamwe entrar en la casa. Dentro de poco no quedará nadie.

Supo que la mujer tenía razón. Sin embargo, le costaba decidirse... pero no tuvo oportunidad de pensar en ello mucho más. Al volver la esquina, se vieron arrastrados por una multitud que huía, empujada a machetazos por varias decenas de hutus. Atrapados contra un muro que cerraba el paso, los sepultó la gente que caía abatida, bajo el brutal y sangriento ataque.

Llovía sangre. Una lluvia roja que iba a empapar aquella tierra durante meses.



III - EL FILO DE LA VERDAD

La última carta de Jose Ramón había llegado cinco años antes de un lugar llamado Nyamata. Nada en ella permitía ubicarle con exactitud, ni reflejaba un paisaje humano. Parecía como si habitase en una burbuja de cristal; un Robinson autosuficiente en su particular utopía. Pero a partir de entonces, ninguna otra carta apareció en el buzón. Yo ya no era una niña, y me negaba a dejarme arrastrar por la ceguera de mi madre y mi abuela. El continente de las cartas de Jose Ramón no existía. Eran solo cuentos para niños. Los documentales, los noticieros, los libros que buscaba y leía enfebrecida, reflejaban un mundo totalmente diferente.

Así fue como un día decidí buscar la forma de tratar de dar con él. Ya había pasado el tiempo de dejarse llevar. Yo no tenía ni idea de como ponerme en marcha pero, como dice un viejo refrán swahili: "Donde hay un deseo, hay un camino". Yo quería saber de mi hermanastro, y encontraría la forma de conseguirlo.

Fue un camino largo y desesperante. Mi encuentro con África me impactó como nada lo había hecho antes en mi corta vida, y dudo que nada lo haga jamás. Me costó más de seis meses de fatigas y desesperación llegar hasta Kigali, y en algún momento pensé que jamás lo conseguiría. Finalmente, un grupo de Médicos sin Fronteras me ayudó a conseguir mi propósito. David Sommers, uno de auxiliares, se ofreció, incluso, a acompañarme hasta Nyamata.

- Es un lugar deprimente, Martina. Mucha gente murió aquí. Los masacraron por todas partes, pero sobre todo en la iglesia. En dos días tan solo asesinaron allí a más de 5.000 tutsis. Todavía se pueden ver los huesos, que nadie ha enterrado.

- Lo sé, David. Pero tengo que intentar dar con él.

Recorrí un montón de lugares sin encontrar a nadie que me diese razón de aquel español loco. Hasta que, al entrar en una pequeña tienda de las afueras a comprar algo de fruta para comer, la mujer que atendía salió desde la oscuridad del fondo, como si hubiese visto un fantasma, y se precipitó sobre mí, con un chorreo de palabras incomprensibles. Fue David quien intentó traducirme a duras penas lo que la mujer barbotaba.

- Dice que te conoce, que te ha visto antes...

- Eso es imposible, David.

- Bueno, es lo que está diciendo... tal vez sea que te pareces a alguien. Jose Ramón y tú sois hermanos ¿no es eso?

- Sí, pero no podemos parecernos en nada, no somos hermanos de sangre, sino solo hermanastros. Mi madre y su padre se casaron cuando ya habíamos nacido nosotros. Además, Jose Ramón es mucho mayor que yo.

Sin embargo, la mujer no dejaba de parlotear, y tirar de mi hacia la trastienda.

- Dice que tiene algo que enseñarte, Martina. Una cosa que le dejaron para ti.

- Pregúntale si conoce a Jose Ramón Lafont...

No había nada que perder por intentarlo, pero David ni siquiera llegó a preguntar. Nada más oír el nombre, la mujer asintió, mientras seguía halando de mí hacia el interior. Esta vez, alcancé a entender un nombre entre aquel ininteligible parloteo: "míster Joseph".

La seguí. Atravesando una puerta trasera me condujo fuera del edificio, hasta una casa baja, con un pequeño vallado. Entró y reapareció con un pequeño bulto envuelto en tela, que me ofreció, indicándome por señas que lo abriese.

Contenía un pequeño diario de tapas negras. En la primera hoja, escrito con la conocida caligrafía de Jose Ramón, se podía leer:

Para Martina, de su padre, por si algún día desea conocer la verdad.

Ella cruzó unas palabras con David, mientras señalaba hacia un montículo de tierra, al pie de un árbol.

- Dice que él murió hace cinco meses, Martina. Ella le cuidó hasta el final, porque gracias a que él la cubrió con su cuerpo pudo salvar la vida. Y él le dejó encargado que, si alguna vez alguien aparecía preguntando por él, le entregase ese diario. Le enterraron allí, bajo aquel árbol.

Miré a la mujer, intentando sacudirme el dolor que había caído sobre mí de repente. Y supe que, durante los próximos meses, como poco, aquella casa sería mi hogar. Tenía muchas, muchas cosas que aprender sobre mi padre.


Sábado, 31 de Julio 2004

La gitana

Mayo, en Córdoba, es un mes muy hermoso. O acaso sea que Córdoba, de por sí siempre bella, alcanza su apogeo precisamente en esa época. La primavera le sienta bien: la perfuma, la baña de rocío, la engalana como a una novia, con el blanco azahar de los naranjos y la pasión roja de las buganvillas, que se precipitan sobre sus muros de cal, incendiándolos.

En las madrugadas cordobesas de Mayo el rosicler tiñe el aire de dulzura. Bandadas de golondrinas cortan el silencio, llamando al sol, mientras las palomas baten sus alas de nieve como abanicos contra el límpido azul. De “las Cruces” a “los Patios” y la Feria. Mayo en Córdoba embriaga y altera los sentidos.

Tal vez fue precisamente eso lo que me sucedió. Iba borracha de belleza, disociada de la realidad, apenas enhebrada a mi espalda con un hilo de sombra. Me veía charlar animadamente con mi acompañante, una muchacha rubia, mientras atravesábamos la Judería, en dirección a la Mezquita.

Al alcanzar la plaza la escena que se desarrollaba ante mis ojos capturó mi atención. El Sol, alto ya, iluminaba una multitud que se arremolinaba alrededor de los muros para desaparecer tras ellos, como olas tornasoladas rompiendo contra un acantilado de piedra, siglo tras siglo, un mar eterno de gotas perecederas.

Fue entonces cuando aparecieron las gitanas: Morenas, enlutadas, el negro de sus ojos parecía beberse la luz. Mi compañera había seguido avanzando, mientras que yo me había quedado atrás, envuelta en una intangible cadena de aire.

La más joven, una mujer alta y corpulenta, tendía hacia mí sus manos, ofreciendo leerme la buenaventura. Cerré los puños en un movimiento convulso, hasta clavarme las uñas en las palmas. No tenía intención de consentir que me enredasen en una farsa de feriantes sobre maravillosos viajes, ni futuros llenos de falsos amores de papel y copla. Mi consciencia envolvía mi cuerpo en un abrazo protector, mientras las gitanas revoloteaban alrededor, como una bandada de mirlos oscuros.

Observé cerrarse los dedos de la gitana alrededor de mis muñecas, morenos contra mi piel pálida. Una nube de palomas blancas levantó el vuelo y, en el calor del mediodía que caía a plomo sobre los adoquines, reverberaron las notas de las campanas de la catedral, llamando al Ángelus con su voz de bronce:

El Ángel del Señor anunció a María...

La palma de mi mano izquierda se abrió, lentamente, acunada entre los dedos de la gitana, que recorrió sus irregularidades con el pulgar. La oí murmurar algo parecido a una plegaria, al tiempo que deslizaba la mirada hacia la palma de mi mano derecha, floja y tendida hacia el cielo, como un cuenco que esperase recibir una dádiva.

Dios te salve, María, llena eres de...


La gitana se echó hacia atrás y, soltando mi mano izquierda, se santiguó rápidamente.

¡Jesús bendito!¡Cuanta pena!... espera... espera... no te muevas ahora, déjame ver...

Un momento después sus palmas se cerraron cubriendo mis manos, como las tapas oscuras de un libro. Se acercó hasta casi rozar mi rostro y murmuró unas palabras a mi oído.

Las otras gitanas permanecían alrededor, expectantes y silenciosas. Una de ellas tendió un puñado de ramitas de romero, que fueron a parar entre mis dedos.

La gitana me soltó, al tiempo que otra, mucho más vieja, se adelantaba:

Tiene que...

Deje usté, madre... vámonos de aquí.

Se apartaron, abriéndome paso por fin. Al otro lado de sus sombras, una muchacha rubia me esperaba, sin entender bien lo que ocurría.

Recuerda lo que te he dicho, paya... y no olvides tener siempre romero contigo.

¿Estás bien? -la joven voz, preguntaba, algo inquieta.

Sí, claro, por supuesto...

Parpadeé, en la luz. Otros amigos nos esperaban para recorrer la ciudad. Había poco tiempo, y mucho que ver... mucho que vivir. Pero, en el fondo de mi mente, como un atanor, las palabras de la gitana seguían resonando.

Todavía lo hacen hoy.


Viernes, 16 de Abril 2004

El grano

Lo he visto por pura casualidad. Me levanté, de madrugada, para ir al baño y también a beber algo de agua, porque el bacalao de la cena no estaba bien desalado y me había dado sed. Solo a Carmen se le ocurre poner bacalao para cenar, pero... así es ella y sus circunstancias.

Pues señor, ha sido al levantarme cuando lo he visto allí, erguido en mitad de aquella piel de nácar. Lo primero que se me ha ocurrido es que a ella le dará un soponcio cuando lo vea por la mañana, al mirarse en el espejo. Puedo imaginarla trasteando en el contenido de los armarios del cuarto de baño y del botiquín, en busca de algún ungüento, pomada o loción, capaz de hacerlo desaparecer como por ensalmo. Con toda seguridad lo único que conseguirá será empeorar la situación. Siempre que Carmen la emprende con algún problema el resultado es que lo encona más. Y eso me lleva, directamente, a la segunda consideración: eso no va a quedarse así, se agravará ostensiblemente. Lo más probable es que se torne purulento y enrojezca. Suele ocurrir cuando algo se toquetea de más, y Carmen es incapaz de dejar las cosas quietas y esperar que se calmen. Parece que obtenga algún placer especial en sacar las cosas de quicio. Es así; ha sido así desde el primer día que la conocí, en el instituto, siempre en el meollo de todas las discusiones, los altercados y los problemas. Todavía no comprendo que pude ver en ella para pedirle que saliéramos juntos... así que no mencionaré mi desconcierto cuando pienso en que estado de idiocia me encontraba para pedirle que se casara conmigo. Lo cual me lleva, directamente, a la tercera consideración, esto es: Carmen acabará convirtiendo esto en un cargo más en mi columna de "debe", esa que lleva tan escrupulosamente en el cuaderno negro, dentro de su cabeza, donde apunta todas las cuentas pendientes. Acabaré siendo el culpable, por activa o pasiva, de que ese inoportuno incordio haya plantado sus reales en mitad de su frente impoluta que ni siquiera las arrugas osan cruzar, merced a las dosis regulares de toxina botulínica con que las plancha regularmente, y que mi cartera se encarga, religiosamente, de abonar.

Y, llegados a este punto, he decidido que lo mejor que puedo hacer es ocuparme yo, personalmente, de la solución del tema. Ahora mismo, mientras Carmen duerme plácidamente. No tendrá que sofocarse por verlo, ni preocuparse de eliminarlo. Y, por una vez, tampoco me lo anotará en la libreta negra. Yo mismo lo extirparé, con decisión y firmeza.

Solo tengo una pequeña duda... ¿disparo directamente o a través de la almohada?. Creo que optaré por la segunda idea. Despertar a todo el vecindario sería poco educado.


Martes, 13 de Abril 2004

La pequeña

Ella vivía detrás de los barrotes de hierro forjado de un balcón, uno de tantos balcones del pequeño barrio de los pescadores, acotado entre el paréntesis de la mar y de la vía férrea que lo separaban de la gran ciudad.

Era una niña menuda, de rizos oscuros y sonrisa tímida. Se la podía ver, con el buen tiempo, sentada en aquel diminuto balcón, detrás de las macetas con geranios, jugando con sus muñecas, leyendo libros, dibujando sueños. Tenía su patio de juegos en aquel metro y medio cuadrado. Su horizonte era la mar a un extremo de la calle, casi invisible tras los edificios y el cielo azul sobre su cabeza.

Más abajo, en la calle, la chiquillería bullía todas las tardes. En aquel entonces el barrio era un pequeño pueblo. Las comadres se sentaban a la puerta de las casas bajas a chismorrear, mientras vigilaban a las bandadas de criaturas que correteaban alocadas al regreso de la escuela, entre el pan con chocolate de la merienda y el trueque de los últimos cromos para completar la colección. De vez en cuando, alguna vecina levantaba la mirada y la observaba. Sentada en su pequeña butaca de enea, con el libro en las manos, atisbando por encima de las hojas como jugaban los otros críos. Aquellos ojitos serios, algo tristes detrás de las gafas que la hacían parecer un diminuto mochuelo caído del nido, sobrevolaban los barrotes y se posaban a ras de suelo, para corretear detrás de los balones, saltar a la “comba” o jugar al escondite. Después, aparecía la mano de la madre y la llevaba hacia el interior, más allá de la luz del balcón. Hora de hacer los deberes. Hora de cenar. Hora de dormir. Hora de soñar.

La vi crecer detrás de aquellos barrotes forjados. Rodeada de sus libros, de sus cuadernos y con aquellos ojos curiosos intentando alcanzar la lejanía. A medida que se fue haciendo mayor alcanzó a extender el brazo hasta cruzar al otro lado de la calle y engarzar los dedos con los de otra niña, agrandando su horizonte hacia otro ser humano.

Ella vive así en mi memoria, pero la sueño fuera de aquellos barrotes, con sus delgados brazos abarcando todos los seres humanos que le anhelaban los ojos. Tocando todas las risas y rodeada de amor. Porque en este mundo a veces ocurren milagros, y los pequeños mochuelos se convierten en golondrinas, y todos los horizontes del mundo quedan a su alcance.

Sé que ella también lo habrá conseguido.



Lunes, 29 de diciembre 2003